Hace más de 10 años, mi hermano y yo creamos Cooliflower, una marca de ropa ecológica que también era un portal de artículos sobre ecotendencia, ecología y justicia social con un tono fresco, irreverente, contestatario, lírico o irónico, dependiendo del día y del asunto.

Estos artículos se publicaron durante 4 años y dada la situación global a día de hoy, nos parece que no podrían estar más vigentes. Por eso, hemos decidido hacer una reedición y compartirlos con vosotros.

Porque siempre decimos que “Cuanto más conoces, más puedes actuar en consecuencia”.

Aquí va el primer artículo:

Vuelve la vista atrás… un poco más atrás… figuradamente. Los giros de cabeza de 180 grados son incompatibles con la vida, excepto si te están exorcizando. Vuelve la vista, pero solo hasta los años 80. ¿Qué ves?

Imagina el interior de un frigorífico hace 30 años. La verdura venía sin envase, desnuda, al peso. Los refrescos traían un envase retornable que se pasteurizaba y reutilizaba. Extraída de una pieza escogida por un carnicero de barrio, toda la carne se envolvía en cartón parafinado. El pescado, muy de letras, se refugiaba en papel de periódico. La agricultura y la ganadería era de proximidad (no se concebía otro modo, era ley de vida). Aún no se había descubierto el gran negocio de los intermediarios, ni las pescaderías abarataban costes esquilmando, por ejemplo, merluzas a Namibia (Mercadooona, Mercadooona).

La madre compradora (la misma que empuñaba una zapatilla amenazante, cuando se daba el caso) iba de tiendas con una bolsa de tela, aunque en ocasiones el mercado llegaba a casa a través de un simpático señor con pantalones de pana, un señor que olía a tomillo y humo, con un capazo de mimbre y quesos y embutidos artesanos. En los años 80, la leche se pagaba a su precio, y agricultores y ganaderos podían vivir de los frutos de su trabajo. Era un tiempo para que las madalenas ocupasen espacios comunes, antes de que fueran aisladas una a una en plástico, como enfermitas de trigo dulce.

Hace tres décadas, cuando los tomates con sabor a corcho eran una pesadilla futurista, se consumía por persona la mitad de productos, en términos generales, y no se generaba ni siquiera el 50% de basura que hoy produce un hogar. Entonces, la mitad de las mayores economías del mundo no eran grandes corporaciones.

Haríamos bien en echar la vista atrás, sin partirnos el cuello, y preguntarnos si el problema no será tanto la falta de reciclaje, sino que tanto reciclaje no hace falta; si es mejor comprar productos ecológicos, o quitar productos innecesarios. Mejor que usar el contenedor amarillo sería regresar a la proximidad, a la mínima huella de carbono y bajos residuos, a un mercado lógico y justo.

 

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